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Ser madre, mucho más de lo que esperaba (por Silvia Díez)

Antes de que llegase Manuela no tenía ni la más remota idea de lo que iba a pasar ni del tipo de madre que iba a ser. Yo creía muchas cosas. Estaba convencida de muchas cosas, de hecho, cosas que iba a hacer, formas de actuar que iba a tener, ideas de cómo afrontar ciertas situaciones… Sabía lo que creía que iba a hacer y cómo creía que iba a ser. Y bueno, no voy a decir tampoco que ahora sea radicalmente al contrario porque algunas cosas ya las pensaba, pero desde luego que ha cambiado todo muchiiiisimo en mi cabeza

Nada más quedarme embarazada una amiga me regaló (por supuesto con toda su buena fe desde su desconocimiento del tema al no ser mamá aún) el famoso “Duérmete niño”. Y yo, ansiosa por aprender todo lo que pudiera ser bueno para mi futuro bebé, me lo leí. Sí, sí, el primer libro que leí siendo completamente ignorante y “virgen” sobre informaciones de niños y crianza fue ese, ¡ya veis!

Y sin tener aún nociones de nada ni conocer nada sobre crianza, algo ya en ese momento me hizo sentir mal al leerlo, sentía rechazo por lo que leía, y al acabar el libro me quedé mal, inquieta, y una vocecilla interior me dijo “tranquila, tu no vas a hacerle eso a tu bebé, busca otras formas”. Ahí empezó mi interés por las llamadas teorías del apego, y ahí empezó mi andadura en busca de averiguar qué tipo de madre quería ser. ¡Bendito Internet!

Los tres estados de madre 

Yo ahora mismo podría hablar de tres estados muy bien diferenciados: uno es el tipo de madre que crees que vas a ser, esa sería la opinión que tienes antes de quedarte embarazada, cuando aún eres una ignorante total, cuando no has leído, no has hablado con otras madres y, en resumen, cuando ¡no tienes ni idea de nada!.

El siguiente estado sería el tipo de madre que quieres ser, cuando ya estás embarazada y empiezas a leer, a informarte, a hablar con otras mamis, y te estás formando una opinión de lo que quieres hacer en base a toda la información que empiezas a manejar (¡todo muy flower power aún!)

Pero después de todo eso llega el ultimo estado, el más caótico, el duro, el más bonito, el mejor; es descubrir cuando nace el bebé el tipo de madre que en realidad eres.

Bueno, volviendo a lo de antes, yo empezaba a conocer las teorías del apego y empezaba a ver algo de luz sobre el tipo de madre que quería ser.

¡Bienvenida, Manuela!

Y llegó el día en que Manuela llegaba al mundo. Dos semanas antes de mi salida de cuentas mi gine advirtió que la peque (colocada desde hacía muchas semanas) ¡¡había decidido darse la vuelta!! ¡¡A sólo quince días!! Vaya momento aquel… menuda fue mi cara y la del papá. El gine me dio una semana de margen para ver si por remota casualidad volvía a colocarse, pero no hubo suerte así que allí estaba yo, renunciando a mi idea y a mi ilusión del parto natural y eligiendo día para la cesárea programada.

Mi gine es privado, pero los partos los atiende en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid (maternidad de O’Donnell). Si yo estaba de acuerdo, él mismo me hacía la cesárea allí el día elegido (me dio tres fechas a elegir que tenía disponibles), o si yo prefería ir a otro hospital, él me daba toda la documentación del embarazo para que yo fuera donde prefiriera. Yo llevo muchos años con él y es un profesional como la copa de un pino, así que me daba seguridad estar con él, por lo que el novato papá y la novata yo decidimos hacer la cesárea en el Gregorio Marañón.

Sin duda, la peor decisión que pudimos tomar, y además quiero contarlo aquí y explicar todos los detalles por si mi experiencia ayuda a otra futura mamá a tomar una mejor decisión (o más informada al menos) con el hospital.

A nivel estrictamente médico no tengo ni la más mínima queja, un trato excelente y una atención perfecta y controladísima. Ahora, a nivel respeto del momento, respeto del bebé y de la madre, mal no, FATAL. Tras la cesárea, perfectamente ejecutada por mi gine y sin un solo contratiempo, me enseñaron a mi bebé 2 minutos, y se la llevaron.

Yo no tenía ni idea de lo que eso iba a doler. Ya me habían dicho en los días previos que su protocolo era llevarse al bebe con el padre para el piel con piel en los casos de cesárea, o sea que sabía lo que iba a pasar y lo había aceptado. Lo había aceptado sin saber lo que eso iba a dolerme, sin saber lo culpable que iba a hacerme sentir y el gran vacío que crearía en mí. Ahí en ese mismo momento ya empezaba a aparecer la madre que en realidad iba a ser.

La mala experiencia del hospital empezaba ahí, pero iba a continuar con un biberón pirata ya durante el piel con piel con el padre y con una nefasta (más bien nula) ayuda de su personal sanitario a la hora de poner al bebe al pecho, consejos y protocolos completamente desactualizados del tipo “te traemos un biberón de formula cada 3 horas porque tú no tienes leche, y con la cesárea además te va a tardar en bajar”.

Por supuesto todo este tipo de hechos alentaban los comentarios de familiares y de cualquier visitante del tipo “claro, dale biberón que no tienes leche, ¿no ves que llora de hambre?”. Y yo, asustada, primeriza, algo intimidada, agotada y dolorida, se lo acababa dando al ver que la bebé apenas se enganchaba al pecho después de muchos intentos en los que, como digo, nadie me ayudaba.

Como resumen, de verdad os digo que para las que queráis dar pecho y vivir la magia del momento piel con piel con vuestro bebe, aunque el parto acabe en cesárea, no vayáis a este hospital. Buscad uno que os respete, que hagan cesáreas respetadas y que os dejen al bebe y al papa a ser posible estar tranquilos y juntos durante el piel con piel y la recuperación. No renunciéis a ese momento, no os perdáis ese instinto del bebé para mamar durante las primeras horas.

La culpa me sigue apretando el corazón cada vez que pienso en el día que nació mi niña.

A grandes males, grandes remedios 

Ya en casa, mil problemas con la lactancia claro, como era de esperar. Mal agarre, ganancia escasa de peso, sacaleches, refuerzos de leche con jeringuilla… vamos, unos días angustiosos en lugar de preciosos como deberían haber sido. Tras unos días recordé que una compi de la oficina (embarazada también de su segundo hijo en aquel momento) me preguntó antes de dar a luz si iba a darle el pecho y le dije que me gustaría pero que esperaba que mi leche fuera buena… ella me miró y se rió, me dio un achuchón y me dijo, “tranquila que lo será”, y me recomendó “Un regalo para toda la vida”.

Lo empecé a leer y ha resultado el mejor libro que he podido leer, el que más me ha ayudado, y diría que gracias a él y a que busqué la ayuda particular de una asesora IBCLC, hoy llevo casi 9 meses de preciosa lactancia con mi pequeña (los primeros meses mixta, porque como os podréis imaginar los bibes del hospital hicieron mucha mella).

Después de ese (para mi) imprescindible libro, vinieron otros tantos de Carlos González: Bésame Mucho, Entre tu pediatra y tú, Mi niño no me come… poco a poco y por extensión fui viendo charlas y conferencias en YouTube, y he ido conociendo a Rosa Jové, a Julio Basulto, Gill Rapley, etc.

Nueve meses ya

Hoy, como decía arriba, Manuela tiene casi 9 meses. Y ya conozco a la madre que realmente soy. Me han ayudado a conocerla todas mis lecturas, toda mi búsqueda de información, toda mi inquietud en preguntar a otras mamis, en preguntar a la “tribu”… pero sobre todo, quién más me ha ayudado a conocer a esa mamá es mi hija Manuela. Saber cuando la miro lo que quiero para ella, saber lo que quiero ofrecerle, saber que quiero darle todo mi amor, mi respeto, mi cariño, que la daré lo mejor, que siempre contará conmigo.

Mi mundo ahora es ella, y la intensidad de esos sentimientos tan fuertes, tan profundos, tan sinceros, es algo que jamás sospechaba antes de que ella existiera. Todo cambia, todo tu mundo se trastoca, ahora un trozo de tu corazón anda por fuera de tu cuerpo… para siempre.

Ser madre es maravilloso, es mucho más de lo que había imaginado. Es agotador, es tener miedo, es sentirte culpable, es morirte de la risa con sus caras, es mirarla hasta dormirte a su lado, es notar cómo tu pecho y tu cuerpo le alimenta y le calma, es dudar, es cogerla en brazos las veces que te dé la gana, es discutir con tu pareja por agotamiento, es levantarte por las mañanas cantando “palmas palmitas”, es portearla en su mochila por la playa y por el mundo, es mirar al papá con complicidad y agradecimiento por algo tan bonito, es llorar cuando ella tiene fiebre, es reír cuando ella ríe… es AMAR con mayúsculas.

Para mí, ser madre ha resultado ser todo eso. ¡¡Y me encanta haber conocido a la madre que finalmente soy!!

¡¡Un beso para las valientes madres que sois todas!! :*


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2 comentarios en "Ser madre, mucho más de lo que esperaba (por Silvia Díez)"

  1. Precioso bonita, me has hecho sacar la lagrimilla! Un besazo!

  2. Muy buen post, me siento totalmente identificada, lo viví del mismo modo.

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