Cuando papá dice una cosa y mamá dice otra

No ponernos de acuerdo en la educación de los hijos tiene consecuencias para el bienestar y desarrollo de los menores

Armando BastidaArmando Bastida6 min de lectura
Cuando papá dice una cosa y mamá dice otra

Cuando hay una pareja —cuando hay dos personas criando a un bebé o a un niño— suelen aparecer conflictos. No porque nadie lo haga necesariamente mal, sino porque criar remueve, confronta y nos obliga a mirarnos de frente. Y uno de los conflictos más habituales es este: cuando papá dice una cosa y mamá dice otra.

Papá dice una cosa y mamá dice otra

Una de las dificultades que más tensión genera en la pareja tras la llegada de los hijos es la falta de acuerdo a la hora de educarlos. Por suerte, no siempre ocurre. Pero cuando ocurre, el clima que se genera puede acabar afectando a todos: a la pareja… y, sobre todo, a los niños.

Sabemos que las normas de convivencia —los límites— son necesarias. Sabemos también que las rutinas aportan estabilidad y previsibilidad al día a día. Pero hay algo aún más importante para el bienestar emocional de los hijos: que sus figuras de referencia estén alineadas en lo importante, que exista coherencia y entendimiento en lo esencial de la crianza.

No se trata de pensar igual en todo. Se trata de remar en la misma dirección.

¿Cómo afecta a nuestros hijos que no nos pongamos de acuerdo?

No es realista —ni necesario— que ambos progenitores estén de acuerdo en absolutamente todo. El debate forma parte de la vida. Pero sí debería existir un acuerdo de base: una idea compartida de cómo queremos criar, educar y acompañar a nuestros hijos. Cuando esa base no existe, empiezan los problemas.

1. Se difuminan los límites

No soy partidario de prohibirlo todo. En absoluto. Los límites deberían ser pocos, razonables y claros. Pero si no hay acuerdo entre los adultos sobre cuáles son esos límites, el niño no tiene ninguna posibilidad de entenderlos.

Si mamá dice una cosa y papá dice otra, el mensaje se vuelve confuso. Y un límite confuso deja de ser un límite.

Ayuda a tus hijos/as a interiorizar las normas y rutinas necesarias para que tengan un orden, y a establecer límites respetuosos sin gritos ni castigos, de forma que ellos y ellas los entiendan y respeten con el Curso Online "Límites con respeto"

2. Su sistema de valores se resiente

Cuando los límites se diluyen, también lo hace la frontera entre lo que está bien y lo que está mal. No porque el niño sea “malo”, sino porque nadie le está ofreciendo un marco coherente.

No pasa nada porque discutamos delante de él —entendiendo discutir como hablar de nuestros desacuerdos sin gritarnos ni faltarnos al respeto—. Pero si no le ofrecemos un sistema de valores común y consistente, el niño acabará construyendo el suyo propio… como pueda.

3. Las normas o rutinas pierden su sentido

Mamá dice que a las nueve se va a la cama. Papá dice que hoy no pasa nada por acostarse más tarde. Papá baña siempre antes de cenar. Mamá casi siempre después.

No, no se va a acabar el mundo. Pero la seguridad que les da saber qué viene después, cómo funcionan las cosas en casa, se pierde. Y la incertidumbre genera inquietud. Los niños necesitan saber a qué atenerse.

4. Se sienten desconcertados

Cuando papá dice una cosa y mamá dice otra, el niño se descoloca. No sabe qué esperar.

¿Hoy leeremos un cuento antes de dormir? ¿Puedo bajar al parque o no? ¿Puedo ver la tele o no?

Y cuando el desacuerdo afecta a temas importantes, el desconcierto es mayor aún. ¿A quién hago caso? ¿Qué norma es la válida? ¿Cuál de los dos se enfadará haga lo que haga?

5. Pierden confianza en nosotros

Cuando nos desautorizamos delante de ellos, nos robamos credibilidad mutuamente.

“No le hables así”. “Me da igual lo que te haya dicho tu padre”. “No pasa nada porque hoy se acuesten más tarde, exagerada”.

Si nosotros no confiamos en la decisión del otro, ¿cómo van a confiar ellos en nosotros? Nuestro papel como referentes se debilita cada vez que nos corregimos delante de ellos, y sobre todo si la corrección es frecuente y suele ser unidireccional (si mamá corrige mucho más a papá que al contrario, o viceversa).

6. Se sienten inseguros

No es raro que los niños que crecen en este clima muestren inseguridad, desconfianza y dificultad para relacionarse también fuera de casa: en la escuela, con amigos, en otros entornos. Y esas inseguridades pueden acompañarlos hasta la vida adulta.

7. Se sienten culpables

Ven que papá y mamá discuten por cosas relacionadas con ellos y piensan que son el problema. Y empiezan a temer que sus padres acaben separados como los padres de algunos de sus amigos... y que sea por su culpa.

Nosotros sabemos que un niño nunca es responsable de los conflictos de la pareja. Ellos no.

Si papá dice una cosa y mamá dice otra, ¿a quién contento? Haga lo que haga, alguien se enfadará. Y esa carga es demasiado grande para un niño.

8. Se arriman al sol que más calienta

Ante la contradicción, muchos niños hacen lo que haría cualquiera: buscan al más permisivo.

¿Quién me deja acostarme más tarde? ¿Quién me riñe menos? ¿Quién me defiende más?

Convertirse en el “poli bueno” o el “poli malo” rompe la seguridad del vínculo con ambos progenitores. Los niños no necesitan bandos. Necesitan equipo.

Consecuencias para la pareja

Cuando entramos en esta dinámica, la pareja se resiente. Dejamos de sentirnos conectados, perseguimos objetivos distintos y entramos en una lucha de poder para demostrar quién tiene razón.

Nos sentimos desautorizados, cuestionados y acabamos culpando al otro de cualquier dificultad con los hijos. Los reproches se acumulan y la distancia crece.

Y donde hay desprecio por la opinión del otro y voluntad de imponer la mía, no hay respeto. Y sin respeto, la pareja se erosiona.

Papá dice una cosa y mamá dice otra: ¿qué podemos hacer?

Lo ideal sería hablar de crianza antes de tener hijos. Pero la realidad es que muchas ideas cambian cuando tienes a tu bebé en brazos.

Si ya sois padres y os habéis dado cuenta de que no coincidís en algunos aspectos, toca arremangarse y trabajar juntos.

Tu visión no es la única válida

No existe un manual perfecto para criar. Escuchar al otro, entender sus motivos y abrir la mente es imprescindible. 

Los dos tenéis derecho a decidir

Si decides criar en pareja, ambos tenéis el mismo derecho y la misma responsabilidad. No queda otra que llegar a acuerdos si no queremos vivir en guerra.

Comunicación asertiva

Expón tus razones sin juzgar las del otro. Deja claro que el objetivo es hacer equipo, no ganar una discusión. Si hace falta, buscad ayuda externa: charlas, talleres o acompañamiento profesional.

Negociad

Define tus líneas rojas. Pocas. Lo demás, negociadlo. Es mejor ceder en algunas cosas que romper la coherencia familiar.

Mantened los acuerdos

Llegar a acuerdos y no cumplirlos rompe la confianza. Criar en equipo implica lealtad.

No os contradigáis delante de los niños

Insisto en que no está mal debatir y discutir ciertas cosas delante de los niños, pero evitad hacerlo en las cosas más nimias. Tenéis que aportarles cierta coherencia compartida.

Si papá ha dicho que es hora de ducharse y el niño quiere negociar contigo, devuélvele la pelota: “Papá ha dicho que es hora de la ducha. Habla con él”.

Hablad en privado

Las cosas que no os gustan y que consideráis que puede ser terreno resbaladizo, habladlas sin los niños delante. Cuando estén dormidos. Con calma. Sin ataques.

Si no sois capaces de llegar a acuerdos quizá sea necesario recurrir a un mediador familiar que os ayude a entenderos. Si necesitáis asesoramiento, podéis consultar online a nuestro equipo de profesionales en la Tribu CSC.