¿Qué pasa si mi hijo respira por la boca?

Te explicamos las consecuencias que tiene para toda su salud que tu hijo respire por la boca

Irene Iglesias Odontopediatra CSC4 min de lectura
¿Qué pasa si mi hijo respira por la boca?

El tremendo error por parte de los sucesivos Ministerios de Sanidad de no incluir la salud bucodental dentro de la salud general y atender solamente las patologías que requieren mutilaciones, hace creer a la gente común, y a muchos profesionales sanitarios en particular, que la boca no tiene nada que ver con la salud.

La nariz y la boca, los pilares de una buena salud

Parece que la ortodoncia es para que sonrías y quede bonito, y que los implantes, las endodoncias o cualquier otro tratamiento van enfocados a rellenar huecos. Parece que los dentistas son solamente los albañiles de la boca, que tapan agujeros y ponen la mano para cobrar.

Sin embargo, la realidad es que todas las funciones vitales comienzan en la nariz (imprescindible para respirar) y en la boca (imprescindible para alimentarse). Cuando una no funciona, la otra se ve tremendamente afectada. Y el organismo, si tiene que decidir, prefiere respirar antes que comer. Es más vital respirar que masticar; y respirar, se debe hacer por la nariz.

Cuando por cualquier causa (obstructiva, traumática, alérgica…) respiramos por la boca de forma habitual, absolutamente todo el organismo se ve afectado.

Para convertir el alimento en puré, debemos masticar por los dos lados. Pero, si respiras por la boca, la comida se masticará poco y solamente por uno. No da tiempo a más, ya que se ha de intercalar la masticación con la entrada de aire y, al mismo tiempo, coordinarlo todo para tragar.

Esto significa darle más trabajo al aparato digestivo. Por ejemplo, un niño con un frenillo lingual que dificulte la fuerza y los movimientos de la lengua, no podrá llevar la comida de un lado a otro de la boca. No realizará la primera fase de la digestión, que tiene una parte física (masticación potente) y otra química (gracias a las enzimas presentes en la saliva).

De esta forma, el pequeño pasará a ser respirador oral, forzando a la boca a realizar una función para la que no está destinada, y al aparato digestivo a que trabaje en exceso la digestión, ya que los alimentos deben llegar al estómago hechos puré. 

La boca, siempre cerrada

El aire debe entrar por la nariz y allí su flujo se altera por la presencia de los cornetes, con la idea de calentarlo, filtrarlo y humedecerlo gracias a la lágrima, que cae desde el conducto lacrimal hasta el interior de la nariz.

Pero si el aire entra por la boca no se calienta, ni filtra, ni humedece, ni desinfecta. Entra frío, sucio y seco a los bronquios y pulmones. El organismo reaccionará teniendo más bronquiolitis, más asma... También los tejidos se agrandarán para tratar de “simular” ser una nariz: crecen las amígdalas y las vegetaciones para calentar ese aire e intentar humedecerlo y filtrarlo. Todo esto a costa de deformar por completo los huesos de la boca, los músculos y, por supuesto, la colocación de los dientes.

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Encontramos paladares altos, en forma de “V”, que crecen hacia arriba restándole espacio a las fosas nasales. Es como si derribas el techo de tu casa para que quepan muebles más altos, pero tienes que eliminar las habitaciones del piso de arriba y vas a dormir al jardín.

Por supuesto, si respiras por la boca has de mantenerla abierta, con lo cual los músculos de cierre, que son los más potentes de todo el organismo, están de adorno, no funcionan, no trabajan. Los labios tampoco, así que nos encontramos con niños y niñas, ya desde bien pequeños, que acaban siendo adultos con un “síndrome de cara larga” o “cara de pájaro”.

Consecuencias inesperadas

Boca entreabierta, labio inferior hacia fuera, ojeras, el reborde inferior del ojo deja ver “lo blanco”... También genera cansancio, en muchísimos casos hiperactividad (que en ocasiones se confunde con TDA) y alteraciones que afectan al sistema nervioso autónomo: terrores nocturnos, bruxismo, enuresis, dolores difusos y alteraciones en los percentiles de crecimiento (comen muy poco porque no pueden comer y respirar a la vez, así que ingieren insuficiente alimento; y otros engullen y comen sin límite, pero al no masticar no se sacian bien e ingieren más alimento del necesario).

El camino que recorren estos pacientes será por otorrinos, alergólogos, dentistas, neurólogos, internistas, digestivos, psicólogos… cuando el problema está en otro lado. La sabiduría popular lo tiene bien claro con dichos como “por la boca muere el pez” o “se te va la fuerza por la boca” o “en boca cerrada no entran moscas”. Observa a tu hijo mientras está relajado, jugando o durmiendo: debe tener la boca cerrada.

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